
Me lo bailé todo otra vez.
Y dormí una hora y media y hoy he pasado de largo.
Cuando terminó la fiesta, nos subimos a un taxi para irnos a la casa de mi amiga Bárbara y, animosas como estábamos, le dijimos felizmente “buenas noches” al conductor. Nos respondió con un “buenos días ya” en tono “ubíquense, señoritas”. Después nos contó que recién se había levantado para trabajar, y nosotras, el par de carreteras, recién yéndose a acostar.
Bueno, para eso son los fines de semanas.
Después me vine a mi hogar, toda cargada porque se me ocurrió pasar a la feria a comprar nueces, almendras y miel, cosas que me da por comer con el frío. Me siento como Winnie the Pooh comiéndome la miel con el dedo.
Dos casas antes de la mía, siento los ladridos y los saltos del Master, el perro de mi casa, que seguramente me había olido y estaba saltando de alegría.
Tengo una relación de amor-odio con ese animal. Me gustan los perros, pero este es demasiado violento. Me ensucia los abrigos, me muerde los talones cuando camino cerca suyo, se me tira encima cual Dino con Pedro Picapiedra, cuando me visto de blanco lo tengo que amarrar antes de salir al patio… y yo podría tolerar eso con buen humor, pero el gran defecto del Master es que odia a mis gatos, y ya se sabe que el enemigo de mis amigos gatos… es mi enemigo también.
La cosa es que lo quiero… pero de lejitos. Le compro galletas de perro cuando estamos en la buena, pero no se las doy personalmente porque es capaz de comerme la mano.
Retomando, llegué a la puerta de mi casa, busqué las llaves, abrí la puerta y… el perro se me arrancó a la calle, corriendo como bólido, levantando polvo y haciendo nulo caso a mis gritos de “¡Master veeen! ¡Maaaaaaaasteeeeeeeer!” (sí, me puse un poquitín histérica).
Si mi mamá o mi hermana se hubieran enterado de que se escapó “el perrito lindo” -porque ellas lo adoran-, me hubieran colgado en el puente del Mapocho. Por supuesto, el perro a ellas no les hace las embarradas que me hace a mí.
Así que pensé un plan de acción rápido, entré a mi casa corriendo, dejé mis cosas en el suelo, abrí el tarro con su comida y me metí un poco en el bolsillo para usarlo de cebo. Salí a buscarlo. Estaba como a una cuadra de distancia oliendo y ensuciando las plantas. Me acerqué lento, pero apenas me vio, corrió una cuadra más, y dobló la esquina el muy malvado.
“Por allá se fue el perrito”, me dijo una señora cuando me vio perseguirlo. Lo alcancé de nuevo y tome su correa, pero yo no soy fuerte y él sí, así que se volvió a arrancar y se metió a una casa que tenía la puerta abierta (no entiendo cómo alguien puede tener la puerta abierta como si nada).
Tuve que llamar a la casa y pedir que por favor, me ayudaran con el perro que estaba adentro, porque era mío y se me había escapado. Lo tomé y me lo llevé diciéndole en el camino que cada día que pasa se transforma en un perro más y más malo.
Llegamos y lo amarré un rato, pero después me sentí culpable y lo solté. Menos mal que no le pasó nada y menos mal que no pasó ningún auto. A veces lo odio, pero sé que me lo lloraría todo si le pasa algo.
Voy a dormir ahora para empezar bien el lunes. Lo mejor que se pueda si es que se puede.